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... HISTORIA :: Desde 1991
Un importante período histórico para la ACJ se abrió en 1991 para la ACJ. Fue cuando, precisamente, se hizo palmario que la crisis de la deuda dejaba un extenso sedimento de pobreza en la región, y de manera especial en el Ecuador. Esta situación se acentuó con las erráticas políticas de ajuste ensayadas por los distintos gobiernos que, en tributo de las cifras macroeconómicas, delimitaron los gastos sociales del Estado, lo que replantea la importancia de la sociedad civil en el desarrollo nacional. Los tibios programas sociales son focalizados en los grupos de alto riesgo y se ensayan reformas legales que pretenden privatizar los negocios del Estado y en el agro hacerlo con el agua y mercantilizar la propiedad comunal.

La nueva generación que ingresó a la ACJ en 1990 asumió de raíz el desafío planteado en el desarrollo urbano con una nueva orientación: la gestión urbana. Así en 1991 pasamos de mirar el barrio a mirar la ciudad, del trabajo micro a vincularlo con lo macro, del desarrollo comunitario a la gestión y a la participación en políticas sociales, del proyecto al programa, de casarnos con una organización urbana, a mirar la multiplicidad del sujeto social, de pensar que podemos hacer solos el trabajo, pasamos a sentirnos parte de una red de esfuerzos de la sociedad civil en la lucha por los derechos ciudadanos.

Nuestras raíces, antes ubicadas solo en los barrios de Quito, se extendieron a las ciudades intermedias de la Costa, con presencia en los barrios marginales. Allí incorporamos un nuevo tipo de voluntariado que fue haciendo suya la institución. Creamos una filial en Santo Domingo de los Colorados, abrimos un proyecto en Chone, luego se creó una filial en Portoviejo y otra en Machala.

La ACJ logró dotarse de una identidad y un rostro propio, donde integramos nuestra dimensión de movimiento ecuménico, con la de constructor de la sociedad civil y la ciudadanía, así como de organismo capaz de impulsar procesos por el mejoramiento de la calidad de vida. En medio de una fuerte crisis social y económica, la ACJ logró forjar una cosa impredecible: una identidad, un proyecto institucional que le permite responder con alternativas concretas a la creciente pobreza urbana pero, al mismo tiempo, identificarse con las causas de la participación y la construcción de sujetos sociales.

Si alguien pregunta sobre que siente y piensa en el fondo un miembro de la ACJ, la respuesta es sencilla: un gran compromiso con los sectores pobres de las ciudades.

La ACJ Ecuador expresa ahora una notable maduración en su línea de trabajo, que despliega la acción con una diversidad de sujetos sociales en la gestión urbana, concibe a las ciudades como una totalidad y auspicia la lucha popular para llegar al gobierno de las ciudades. Son relevantes los programas de ciudadanía activa y desarrollo local de Quito, Santo Domingo de los Colorados, Portoviejo, Alausí y otras ciudades; el énfasis puesto en el protagonismo de jóvenes, mujeres y pobladores; el fortalecimiento de los vínculos con la Iglesia; la activa participación en foros de discusión sobre las propuestas del Estado. De manera singular hay que ponderar la activa intervención en el movimiento acejotista latinoamericano, donde la experiencia de la ACJ-Ecuador es aprovechada para posibilitar un desarrollo del movimiento en la región.

Por cierto no habríamos podido hacer todo este trabajo si no habríamos tenido primero la confianza de los sujetos sociales con los que trabajamos, quienes encontraron en nosotros un fuerte apoyo para su propio desarrollo, y en segundo lugar, la cooperación de muchos hermanos y hermanas, amigos y amigas, miembros de agencias de cooperación y movimientos fraternos de Ecuador, Alemania, Holanda, Suiza, Canadá y Dinamarca.
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