Historia
1959 - 1976
La ACJ Ecuador fue fundada en 1959 en un contexto de crisis
de la república oligárquica y de expansión
de la presencia norteamericana en América Latina. Destinada
a crear programas recreativos con la clase media y a propagar
el sentido ecuménico, la ACJ fue durante
muchos años una planta extraña que no se aclimató
en nuestro paisaje tropical, católico, subdesarrollado
y andino.
La primera parte de la historia de la ACJ llega hasta la década
del setenta cuando se tejieron vínculos con los sectores
empresariales y medios emergentes de la sociedad ecuatoriana.
Si bien se intentaron organizar servicios en barrios con población
de bajos ingresos, esto se hizo con una mentalidad paternalista.
No se pensó en la construcción de un sujeto
social que actúe bajo su propia iniciativa. Estaba
por delante la camiseta de la YMCA y no el sentir y el caminar
propio de los grupos populares.
Así, entre 1959 y 1976, la práctica de la ACJ
evolucionó desde los programas recreativos con sectores
medios y la creación de escuelas, hasta una actividad
que estuvo a medio camino entre una educación recreativa
y una que buscaba promover el liderazgo en los sectores pobres
de barrios populares. En este período, la misión
de la ACJ se dio con los jóvenes entre los que se propendió
a la capacitación y el liderazgo, y la promoción
de actividades para el uso del tiempo libre.
Mientras tanto el país vivía la lucha campesina
por la reforma agraria y el desarrollo de planes de vivienda
social: era una época en que los sectores tecnocráticos
del Estado impulsaron políticas sociales con enfoques
asistencialistas, entre tanto en la Iglesia se desarrolló
un intenso debate acerca de la educación liberadora
y las propuestas del brasileño Paulo Freile.
Esta situación estuvo marcada por la crisis del Estado
oligárquico ecuatoriano y la instauración de
una dictadura militar desarrollista (1972), en un país
que experimentaba profundos cambios como resultado de las
cuantiosas cantidades de divisas que ingresaban al país,
gracias al que se conoció como el boom petrolero. A
aquello hay que añadir la política de sustitución
de importaciones y los tibios intentos por industrializar
la economía ecuatoriana.
Eran años de efervescencia regional, de la revolución
cubana (1959), de la fallida invasión a la isla en
Playa Girón (1961), del derrocamiento del populista
Joao Goulart en Brasil (1964), de la agitación universitaria
en Caracas, México, Quito, Lima, Santiago, de la organización
de las guerrillas desde Argentina hasta América Central,
de los mensajes del Concilio Vaticano II y la Tricontinental
de La Habana, de la matanza de Tlatelolco en ciudad de México
(1974), de las políticas norteamericanas para la región
latinoamericana, contenidas en la llamada Alianza para el
Progreso, de la derrota de las fuerzas norteamericanas en
Vietnam (1975)...
Desde 1976 a 1979, en el Ecuador concluyó la más
larga dictadura militar del siglo y se instauró un
sistema político constitucional, con pretensiones de
democracia representativa y participativa (1978), lo que causó
grandes expectativas nacionales. Eran los años previos
a la crisis de la deuda, en que se consolidó una organización
estatal que pretendía solucionar los problemas socioeconómicos
con una postura benefactora y la aplicación de programas
de seguridad social y desarrollo rural.
En el Ecuador se vivía un dinamismo inusitado del movimiento
obrero-popular y un período de sucesivas huelgas generales
y significativas manifestaciones de la lucha campesina, especialmente
en el Litoral. En el área social, asistimos al discurso
participacionista del Ministerio de Bienestar Social, al auge
de la educación popular-liberadora y, en el agro, a
las acciones que propendían el desarrollo comunitario
como una política estatal para el sector.
1976 - 1984
Entre 1976 y 1984 se abrió un nuevo período.
En 1976 llegó a la ACJ Rolando Dalmás, uruguayo,
quien auspició el surgimiento y el debate de tesis
sociales que alimentarán, luego, la política
programática de 1984, para dar fin a las orientaciones
anteriores. En esos años la ACJ asume el rol específico
de organización no gubernamental (ONG), mientras es
notoria esa ambigüedad práctica mencionada que,
hay que anotarlo, a pesar de los cambios en el pensamiento
acejostista, no sería superada rápidamente.
Mientras tanto, las corrientes progresistas en la iglesia
tomaron fuerza en América Latina y crecieron los procesos
de liberación del llamado Tercer Mundo. Es significativo
que en varios continentes la realidad se repitiera: organismos
surgidos de la expansión protestante y misionera buscaban
su propio rostro en medio de un Tercer Mundo católico
o musulmán, pobre y subdesarrollado. La identificación
de la ACJ Ecuador con las corrientes de independencia nacional
en Asia o en Palestina, de lucha contra el aparthied en Africa
o de compromiso con los pobres en América Latina, no
fueron bien entendidas en un inicio por las ACJs de los países
desarrollados.
Fue una transición difícil. La ACJ de Quito
era la oveja negra del mundo ecuménico
y tampoco era comprendida por las organizaciones populares
que la consideraban como dependencia de la CIA. Se produjeron
conflictos internos, se cerraron programas, se alejó
mucha gente, pero el resultado final no dejó de ser
positivo.
1984 - 1991
Desde 1984 se inició un camino firme de construcción
de una ACJ con rostro propio, ecuatoriano. Se planteó
una política programática identificada con los
sectores populares, con la organización y la autogestión
como estrategias prioritarias, en donde la ACJ asumía
un rol de acompañamiento de procesos que emergen desde
abajo.
La refundación de la ACJ tiene un hito en la política
programática de 1984 que es la partida de nacimiento
de la ACJ como una organización que seguirá
una trayectoria determinada por dos grandes proposiciones
de la práctica: la organización no gubernamental,
por un lado, y el movimiento social, por otro.
Esta política programática dotó a la
ACJ de una línea de acción destinada a propiciar
la autogestión de los sectores populares con los que
venía trabajando, entre tanto valorizaba la importancia
de la organización popular en el proceso. Es indudable
que la propuesta de cambio social que contiene esa política
permitió que la ACJ experimentara procesos de transferencia
de los proyectos, para ratificar la autonomía de los
sectores populares. Esta nueva orientación de la ACJ
conllevó al rompimiento activo con las tradicionales
posturas paternalistas y asistencialistas y posibilitó
articular una posición independiente ante el Estado.
Durante la década del 80 se mantuvo cierta ambigüedad
en la organización, pues se trato de combinar el desarrollo
comunitario con escuelas formales y tradicionales. Pero el
resultado positivo del trabajo realizado con la Federación
de Barrios del Nor-Occidente en Quito y el haber conseguido
que por primera vez una organización urbana asumiera
su autogestión, luego de la transferencia del proyecto,
abrió un interesante camino que permitió consolidar
la vocación de la ACJ por los y las pobres de la ciudad.
Entre los años 1978 y 1991 se dieron los sucesivos
gobiernos democráticos de Jaime Roldós, Oswaldo
Hurtado, León Febres Cordero y Rodrigo Borja. Durante
el régimen de Febres Cordero se lesionó sensiblemente
el ambiente democrático del Ecuador. Es un período
en que las políticas de ajuste económico se
profundizaron, y adquirieron un nivel de inevitabilidad en
la conciencia nacional, dejando toda aquella secuela de consecuencias
negativas sobre los sectores empobrecidos de la población.
En junio de 1990 sucedió un acontecimiento social que
cambió definitivamente la fisonomía de la organización
popular en el Ecuador: el levantamiento indígena, con
la reinvindicación de autonomía cultural y política
de los pueblos indígenas, y un hondo cuestionamiento
a la estructura social e institucional que el Ecuador había
construido durante el siglo e intentado perfeccionar con el
llamado retorno a la democracia, desde 1978.
En el ambiente exterior cayó el Muro de Berlín,
se disolvió la URSS, el pensamiento marxista entró
en una crisis sin precedentes y Occidente volteó la
mirada hacia Europa del Este, donde desaparecía el
socialismo real y surgían irreductibles posiciones
nacionalistas destinadas a transformar el mapa de Europa.
Áreas como la ex Yugoslavia ingresaron en una dinámica
de violencia inesperada, que transformó a los Balcanes
en un cruento polvorín, mientras EE.UU. comandaba la
invasión a Irak en 1989. Es la época de la globalización
de la economía capitalista y de la hegemonía
del pensamiento neoliberal.
En este período se produce en el Ecuador una importante
presencia de sujetos populares urbanos, mientras el Estado
ensaya políticas sociales y, especialmente entre 1988
y 1992, aplica proyectos integrales. Uno de estos proyectos,
la Campaña Nacional de Alfabetización Monseñor
Leonidas Proaño, alcanzó gran resonancia
y mereció enorme polémica, aunque sus resultados
quedaron lejos de sus más ansiados propósitos.
Estos planes dieron la oportunidad para que grupos populares
participarán activamente en programas del Estado, así
como las ONGs y amplios sectores de la juventud.
Desde 1991
Un importante período histórico para la ACJ
se abrió en 1991 para la ACJ. Fue cuando, precisamente,
se hizo palmario que la crisis de la deuda dejaba un extenso
sedimento de pobreza en la región, y de manera especial
en el Ecuador. Esta situación se acentuó con
las erráticas políticas de ajuste ensayadas
por los distintos gobiernos que, en tributo de las cifras
macroeconómicas, delimitaron los gastos sociales del
Estado, lo que replantea la importancia de la sociedad civil
en el desarrollo nacional. Los tibios programas sociales son
focalizados en los grupos de alto riesgo y se ensayan reformas
legales que pretenden privatizar los negocios del Estado y
en el agro hacerlo con el agua y mercantilizar la propiedad
comunal.
La nueva generación que ingresó a la ACJ en
1990 asumió de raíz el desafío planteado
en el desarrollo urbano con una nueva orientación:
la gestión urbana. Así en 1991 pasamos de mirar
el barrio a mirar la ciudad, del trabajo micro a vincularlo
con lo macro, del desarrollo comunitario a la gestión
y a la participación en políticas sociales,
del proyecto al programa, de casarnos con una organización
urbana, a mirar la multiplicidad del sujeto social, de pensar
que podemos hacer solos el trabajo, pasamos a sentirnos parte
de una red de esfuerzos de la sociedad civil en la lucha por
los derechos ciudadanos.
Nuestras raíces, antes ubicadas solo en los barrios
de Quito, se extendieron a las ciudades intermedias de la
Costa, con presencia en los barrios marginales. Allí
incorporamos un nuevo tipo de voluntariado que fue haciendo
suya la institución. Creamos una filial en Santo Domingo
de los Colorados, abrimos un proyecto en Chone, luego se creó
una filial en Portoviejo y otra en Machala.
La ACJ logró dotarse de una identidad y un rostro propio,
donde integramos nuestra dimensión de movimiento ecuménico,
con la de constructor de la sociedad civil y la ciudadanía,
así como de organismo capaz de impulsar procesos por
el mejoramiento de la calidad de vida. En medio de una fuerte
crisis social y económica, la ACJ logró forjar
una cosa impredecible: una identidad, un proyecto institucional
que le permite responder con alternativas concretas a la creciente
pobreza urbana pero, al mismo tiempo, identificarse con las
causas de la participación y la construcción
de sujetos sociales.
Si alguien pregunta sobre que siente y piensa en el fondo
un miembro de la ACJ, la respuesta es sencilla: un gran compromiso
con los sectores pobres de las ciudades.
La ACJ Ecuador expresa ahora una notable maduración
en su línea de trabajo, que despliega la acción
con una diversidad de sujetos sociales en la gestión
urbana, concibe a las ciudades como una totalidad y auspicia
la lucha popular para llegar al gobierno de las ciudades.
Son relevantes los programas de ciudadanía activa y
desarrollo local de Quito, Santo Domingo de los Colorados,
Portoviejo, Alausí y otras ciudades; el énfasis
puesto en el protagonismo de jóvenes, mujeres y pobladores;
el fortalecimiento de los vínculos con la Iglesia;
la activa participación en foros de discusión
sobre las propuestas del Estado. De manera singular hay que
ponderar la activa intervención en el movimiento acejotista
latinoamericano, donde la experiencia de la ACJ-Ecuador es
aprovechada para posibilitar un desarrollo del movimiento
en la región.
Por cierto no habríamos podido hacer todo este trabajo
si no habríamos tenido primero la confianza de los
sujetos sociales con los que trabajamos, quienes encontraron
en nosotros un fuerte apoyo para su propio desarrollo, y en
segundo lugar, la cooperación de muchos hermanos y
hermanas, amigos y amigas, miembros de agencias de cooperación
y movimientos fraternos de Ecuador, Alemania, Holanda, Suiza,
Canadá y Dinamarca.
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